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enero 14, 2020

Vuelve el niño prodigio



Joey Alexander fue descubierto en Yakarta, Indonesia, hace unos nueve años, y 2013 se mudó a Nueva York junto con sus padres, con la ayuda de luminarias del jazz como el trompetista Wynton Marsalis, que lo llamó “mi héroe” en Facebook y con quien ahora comparte manager.

Todo esto forma parte de la vida inverosímil de un niño prodigio. Tal vez Joey sea del que más se habla en el mundo del jazz desde hace un buen rato, pero dista mucho de ser el único.

Joey (Alexander Sila) comenzó a tocar el piano a los seis años, retomando de oído una melodía de Thelonious Monk, lo que motivó a Sila, pianista amateur, a enseñarle las bases. Además de eso, recordó Joey, “escuché grabaciones y también YouTube, por supuesto”.

El joven pianista tocó en sesiones de improvisación en Bali y posteriormente en Yakarta, cuando su familia se fue a vivir a esa ciudad. A los ocho años, tocó para el pianista Herbie Hancock, quien estaba en Yakarta como embajador de buena voluntad de la Unesco (“Usted me dijo que creía en mí”, recordó Joey, dirigiéndose a Hancock en una gala de la Jazz Foundation of America “y ése fue el día en que decidí dedicar mi infancia al jazz”). Tenía nueve años cuando entró al primer Master-Jam Fest, una competencia de jazz para músicos de todas las edades en Ucrania. Ganó el primer lugar.

Al poco tiempo, uno de sus videos de YouTube atrajo la atención de Marsalis, director artístico de Jazz at Lincoln Center, quien lo invitó a presentarse en la gala de la organización en 2014. Joey interpretó una versión solista de la balada de Monk “‘Round Midnight” como último número, con lo que se ganó una ovación de pie, maravillosas críticas y algunos fanáticos influyentes. El resto es historia. 


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Es Dios

"Esa lengua de fuego se abría despiadada, como urdiendo en el alma y buscando donde cabalgar. Resoplaba fuerte, escrutaba el ojo, mordía la mente y ondeaba su calor, como haciéndonos sentir que somos una miniatura, una milmilésima parte del universo. Esa lengua de fuego, creación al fin, es lo mismo que la hoja, que la piedra, que el agua, que el ave, que la hierba. Es Dios".

La compuerta de la vida

"A veces, casi inerme, entrebusco la fórmula de la vida, y encuentro una melodía que me exige respirar, profundo, restituyéndome la fe en el futuro. Sólo Dios abre la compuerta de la vida, y la música es el compás de espera a la perfección, el estadío más emocionante del ser humano".

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